Quise visitar una casa en la que viví hace años.
Como no recordaba la dirección, le inventé una.
Llegué a la puerta, y no pude reconocer el umbral,
el color de las ventanas, el vidrio del portón.
Para no quedar desubicado, tuve que crear también
una biografía que me justifique. Sospecho que a otros
les pasa otro tanto cuando conmigo se cruzan.
Aquel que cree recordarme y no puede,
termina inventando anécdotas comunes: una noche
de copas, charla y caminatas bajo una arboleda,
restos de amores contrariados. Nos despedimos
amablemente, con la certeza de haber encontrado
la forma correcta de equivocarnos.

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