domingo, 28 de abril de 2013

La pasión según San Puta






No cierra nada, no cierra, es necesario

entender eso. Un cuero, otro cuero,
todos cueros que nunca. No cuenta el padre
ni el hijo. El espíritu santo no compadece.
La carne no consuela ni besa. Pura rabia
en la hendidura,  el señor de la sed
no soporta el ruido ni el silencio, los
mata con sus golpes .


En el pasillo donde cuelgan
estalactitas blancas y rojas,
verdes y negras, ella vendrá a tus ojos.
En ese lugar pintada de azul,
por entero cubierta, menos
las partes del cuerpo donde se adhieren
sus ninfas en plena cabriola, oh, chiquillas, y allí
te ves, temblás en mi mano
a lo largo del corredor


Santo Espíritu que a la piel apuñalás. Tu ojo
de búfalo mayor. Oh, maravilla.
Oh, la sombra descargada
por el Gran Erguido.

La mujer-gato nos espera,  sabe
agacharse y mirar hacia atrás,
el antifaz consigue atenuar la daga. Miramos
la boca entreabierta y el negro
sedamen: vas a pedir las uñas
de ese animal para enderezarlas
en mi cuello.



No hay compasión
en el viaje a otra ciudad.


Pero lo más oscuro es infranqueable,
no quiero ni puedo soltarte,
ni a vos ni a toda tu sombra,
que no se ve porque está oscuro,
aunque apunta cierto brillo en el torso,
otra espalda (dorada), el pelo
cae sobre sus hombros,
invita a girar sobre su ombligo.


''Yo tengo un buen lugar'', dice, 'donde todo
es agua muerta''.


Ellas ríen a pocos metros: la morocha
incontinente posa sus manos en el
encaje negro de la rubia pelicorta, cuyo gesto
esconde truenos mayores. Como el modo en que
la mujer vampiro se lleva a la nuca su mano derecha,
recoge su pelo y exhibe sus medias de red.


Pobre niña  desvalida: el cielo
sortea la carcajada de una anguila
por el padre muerto y el hijo no nacido.


O Cleopatra, la ves recostada,
pierna derecha en alto,
la izquierda recogida: piensa
en la guardia pretoriana y la
turbulencia de la guasca.


El señor de los temblores
rompe el cuello
de una botella en el cordón
y viene a amenazarte
con su extraña mirada.

Doblamos otra curva
en el pasillo: allí estás ahora,
en un auto, con el pelo revuelto, agitándote
sobre la carne venosa de un cuerpo que no ves,
tu boca es un arco de triunfo.


No hay compasión que valga
¿De qué piedad me estás hablando,
pequeña María? Llena eres
de  gracia en tu palabra oculta.
Tu pedido de clemencia tiene
la brutalidad de una cicatriz.

Pero ahora me decís lo que te contó
la chica de la ropa hecha jirones:
"Que reviente el monstruo”. Eso te dijo,
mientras tus ojos derivaban hacia Ella y El
bajo la cascada, con la ropa a punto de caer,
ves cómo esa mano con uñas pintadas
acaricia el dedo sin uña.


Me  hundo en los ojos de un bicho lejano.
(El humo del caño siempre sube
ala de langosta
en la hebra. Llora, niña mía
en este cine abandonado, estamos
en la  Luna, en
ninguna parte, y voy a
decir algo, algo
como nada, parecido a nada.


Pero no sos la única
que mira bajo el agua: recostada
sobre un antiguo almanaque de piedra,
esa joven de pelo negro y corto
y escasa vestimenta.
O aquella parecida que arroja
a ninguna parte su melancolía.
Sus piernas recogidas en botas negras.


A ver si puedo enseñarte algo.

Quizá mire hacia esa versión tuya
recostada en las maderas
de un corral, falda mecida por el viento
regalando a los curiosos
un trayecto que culmina en
zapatos blancos.


Espíritu santo sin hijo ni padre
ni hermano, sólo negros madrigales y el fuego
cavernoso. Un viejo veneno 
en su huella vacía.

Un secreto tan profundo
como las caricias que Ella 1 y Ella 2 se prodigan.
No es aquí, no es a
mí, no miran
a tus pasos, no miran otra cosa que no sea
la tela, esa gran simulación de un cuero,
otro cuero, todos cueros que nunca,
nunca, ni siquiera.

(Incluido en "Tolosa", publicado por Eloisa Cartonera en el 2010)

sábado, 6 de abril de 2013

...


El dia en que la lluvia murió bajo la lluvia,
el agua cayó bajo el agua y nada sucedió
encima de nada. Fue el día en que las cosas
fueron hundiéndose hacia arriba, el día
en que su peso flotó como una palabra
que no se pudo leer. Ni una cosa, ni un sueño
pudo verse tras la cortina ciega: los metales murieron
entre tejidos podridos y lámparas oscuras,
fotos deshechas en las ruedas, pasta
de los caños: nadar, contra toda respiración,
todo calambre. Nada, atrás, donde volver.
El agua borró el camino, todos perros al garete 
sin luna que alumbre, el día en que la lluvia
murió bajo la lluvia y las gotas mataron a las gotas.
Nadie volvió a ser quien era, durante un tiempo
ni un bicho se animó a decir algo, porque
hasta los grillos daban miedo. Nada fue posible,
salvo las manos, para levantar lo que queda y
colar lo que se va, poner lo que hace falta,
despedirse. La ciudad tuvo las manos
arrugadas de un viejo, la boca tapada por las hojas
el día en que la lluvia murió bajo la lluvia,
el día en que nació lo que aún no pide nombre.


jueves, 28 de marzo de 2013

Días de radio III


Fui copiloto en un programa de FM en la radio de la universidad, siempre generosa a la hora de dar espacios de experimentación sonora.
Eran los primeros 90, y en aquella tarde de verano me tocaba conducir solo. No tenía mucha idea de qué hacer. Elegí un par de discos para ir exprimiéndolos durante las dos horas del programa.
Llevé también un ejemplar de la revista El Libertino, dedicada a la literatura erótica, que había publicado algunas cartas de James Joyce a quien luego sería su mujer, Nora Barnacle. Les eché un vistazo rápido a los textos, decidí que era buena idea compartirlos con la audiencia, y salí rumbo a la radio.
Luego de un par de pavadas de introducción, mandé un tema musical, y me entregué a la lectura de las cartas del bueno de Joyce.
Tendría que haber sido más meticuloso en la elección de los textos. Porque me metí en un berenjenal de difícil salida. Joyce se iba propiamente al carajo en las cartas a su por entonces novia.
«No voy a escribirte en esta hoja lo que llena mi pensamiento, la locura del deseo. Te veo en un centenar de posturas, grotesca, vergonzosa, virginal, lánguida. Querida, cuando nos reunamos, entrégate a mi con plenitud». Como para empezar. No tenía idea del derrotero que iban a ir tomando esas cartas.
«Esta noche tengo una idea más loca que lo habitual. Me gustaría que me azotases. Me gustaría ver tus ojos encendidos de ira».
En las pausas musicales trataba de recomponer mi mente y reflexionar sobre lo que estaba haciendo. No podía. Seguía leyendo al querido Joyce y su correspondencia a Norita.
«Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta a una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu culo, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto.»
El operador me miraba nervioso, con cara de «nos van a echar a la mierda». Ya era tarde. No es de gauchos bajarse del caballo en la mitad de la laguna.
«Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero contra mí y tus labios ardientes chupar mi pija mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y espeso».
Ya nadie prestaba atención a las pausas musicales. El operador optó por reírse. Tan seguros estábamos de que nadie nos escuchaba.
Oh, por Dios.
«La última gota de semen ha sido inyectada con dificultad en tu sexo antes que todo termine y mi verdadero amor hacia ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente tentadores ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aromas. Mi pija está todavía tiesa, caliente y estremecida tras la última, brutal embestida que te ha dado cuando se oye levantarse un himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor, desde los oscuros claustros de mi corazón.»
Ya quería que termine el programa pero no era posible. De modo que di por concluida la lectura de las cartas y seguí con otra cosa.
Al día siguiente me encontré con mi amigo R., artista plástico, a quien solía visitar para charlar y tomar mate.
Me cuenta que estuvo al borde un incidente con una vecina, que fue a pedirle no sé qué cosa prestada.
La mujer había ido con su hijo chiquito, y R. escuchaba radio. Más precisamente a un tipo que leía cartas guarangas escritas por un tal Joyce.
Mientras R. buscaba el objeto del pedido, la mujer se alteró, y tapó los oídos del niño, cuando por el parlante de la radio pudo oirse «...Mi pija está todavía tiesa, caliente y estremecida tras la última, brutal embestida que te ha dado».
La mujer se fue de la casa de mi amigo, a quien no volvió a dirigirle la palabra.
Yo opté, de ahí en más, por revisar a conciencia el material de lectura radial. No quería terminar preso.
La vida siguió su curso más o menos normal.

martes, 19 de marzo de 2013

Fe


La fe mueve montañas, pero no a mí. No es algo que diga alegremente. Tampoco es una lamentación. Simplemente, no puedo tener fe. Perdí hace muchos años el puente religioso (ya que, como suele decirse, religión viene de «re-ligar»).
No se trata de reclamar pruebas de una existencia que nunca se me reveló. Supongo que en eso consiste la fe: creer en algo de lo que no se tienen pruebas, desear creer en algo y situarte en coordenadas simbólicas que le dan sentido a todo: de dónde venimos, a dónde vamos, qué hacemos acá.
Pude haber sido monaguillo, allá por principios de los 70. Me preguntaba entonces por qué el párroco se fijó en mí. Ahora, me da por pensar que yo era un pibe bonito, y por eso ese cura me hizo la propuesta. El mismo cura que saludaba a los varones con un beso y a las chicas con la mano.
Todo era un tormento, sí. Cada día que transcurría era un paso más hacia algo incierto, y sufría como un condenado: justamente, si dejaba de creer en Dios me estaba condenando a algo, y eso era abandonar el microclima de las palabras de mi madre enseñándome el padrenuestro antes de dormir. Los rezos que, con amor, una madre transmite a sus hijos, como una cadena que no debe romperse, y que yo estaba a punto de cortar, sin decidirme a hacerlo del todo.
«En un principio, el hombre hizo a Dios a su imagen y semejanza», dice en la tapa del disco Aqualung, de Jethro Tull. Esa frase me quemó la cabeza en la adolescencia. «No tengo más dios», decía Spinetta con Pescado Rabioso, en «Aguas claras del olimpo».
Varios años duró ese período de dolor infinito. Asumí, finalmente, que no creía. Busqué argumentos a mano. Ideas que ya no uso: religión opio de los pueblos, etc. Tan opio como puede ser cualquier otra cosa a la que te entregues con devoción religiosa.
Cuando mi madre supo que ya no creía, se puso triste. Y me puso triste a mí también, ya que era una nueva decepción que sumaba al historial de frustraciones que venía aportando al grupo familiar.
Ella se fue de este mundo cuando era yo muy joven, y en ese momento lamenté no poder tener el consuelo que obtienen casi todas las personas en trance parecido: rezar, tener fe. Simplemente no podía, todo eso me resultaba ajeno.
No había Dios Padre para mí. No había María, no había emoción ante el Niño y su nacimiento. Estaba solo, y tuve que aprender a lidiar con esa falta. Una extrañeza que de ahí en más me impidió ser fan de nada o sumarme a los gritos a algo. Todas mis adhesiones, incluyendo las que duraron muchos años, fueron silenciosas. Veía que en cada cosa que convocaba masivamente a lo que sea, vibraba un tipo de sentimiento del cual yo venía huyendo.
Puse garra y esfuerzo y convicción en muchas cosas. Me inventé pertenencias que se cayeron. Sustituciones que no iban a funcionar en un temperamento como el mío. Fui ateo por obra y gracia divina, por sagrado rencor. Nada de eso sobrevive. Salvo, tal vez, alguna tendencia al auto-castigo por no haber sido el hijo que mis padres hubiesen deseado que fuera.
Me puse a pensar por escrito aquí y ahora, ya que en estos días volví a sentirme un extraño en un mundo que se mueve religiosamente, y que discute la política con esos parámetros.
Los creyentes no tienen este problema: prolongan su creencia en sus hijos, preparan los relevos. Los ateos desde la cuna tampoco tienen que pasar por este trance: la no-religión les vino dada. Conozco, también, casos inversos: nacidos ateos que se afilian a alguna fe. Aunque son los menos.
Con qué rompí entonces, que me siento lejano de los que tienen fe, y de la fe de los que no la tienen.
Rompí con todos los linajes familiares: barajar y dar de nuevo, elegir qué y con quiénes, y para qué. 
Quise ser libre, y pagué el precio. «La libertad es fiebre, es oración, fastidio y buena suerte», dice Patricio Rey.
El resto es política. O literatura.
(Y sí. Los Beatles fueron más populares que Cristo).


   
  

lunes, 11 de marzo de 2013

La equivocación


Toma al azar un libro de la biblioteca. Lo abre en cualquier página, y lee: «¿En qué momento te convertiste en la persona equivocada? ¿Quién hubieses sido, de no haberte convertido en la persona equivocada?»
El libro se cierra solo.