No cierra nada, no cierra, es necesario
entender eso. Un cuero, otro cuero,
todos cueros que nunca. No cuenta el padre
ni el hijo. El espíritu santo no compadece.
La carne no consuela ni besa. Pura rabia
en la hendidura, el señor de la sed
no soporta el ruido ni el silencio, los
mata con sus golpes .
En el pasillo donde cuelgan
estalactitas blancas y rojas,
verdes y negras, ella vendrá a tus ojos.
En ese lugar pintada de azul,
por entero cubierta, menos
las partes del cuerpo donde se adhieren
sus ninfas en plena cabriola, oh, chiquillas, y allí
te ves, temblás en mi mano
a lo largo del corredor
Santo Espíritu que a la piel apuñalás. Tu ojo
de búfalo mayor. Oh, maravilla.
Oh, la sombra descargada
por el Gran Erguido.
La mujer-gato nos espera, sabe
agacharse y mirar hacia atrás,
el antifaz consigue atenuar la daga. Miramos
la boca entreabierta y el negro
sedamen: vas a pedir las uñas
de ese animal para enderezarlas
en mi cuello.
No hay compasión
en el viaje a otra ciudad.
Pero lo más oscuro es infranqueable,
no quiero ni puedo soltarte,
ni a vos ni a toda tu sombra,
que no se ve porque está oscuro,
aunque apunta cierto brillo en el torso,
otra espalda (dorada), el pelo
cae sobre sus hombros,
invita a girar sobre su ombligo.
''Yo tengo un buen lugar'', dice, 'donde todo
es agua muerta''.
Ellas ríen a pocos metros: la morocha
incontinente posa sus manos en el
encaje negro de la rubia pelicorta, cuyo gesto
esconde truenos mayores. Como el modo en que
la mujer vampiro se lleva a la nuca su mano derecha,
recoge su pelo y exhibe sus medias de red.
Pobre niña desvalida: el cielo
sortea la carcajada de una anguila
por el padre muerto y el hijo no nacido.
O Cleopatra, la ves recostada,
pierna derecha en alto,
la izquierda recogida: piensa
en la guardia pretoriana y la
turbulencia de la guasca.
El señor de los temblores
rompe el cuello
de una botella en el cordón
y viene a amenazarte
con su extraña mirada.
Doblamos otra curva
en el pasillo: allí estás ahora,
en un auto, con el pelo revuelto, agitándote
sobre la carne venosa de un cuerpo que no ves,
tu boca es un arco de triunfo.
No hay compasión que valga
¿De qué piedad me estás hablando,
pequeña María? Llena eres
de gracia en tu palabra oculta.
Tu pedido de clemencia tiene
la brutalidad de una cicatriz.
Pero ahora me decís lo que te contó
la chica de la ropa hecha jirones:
"Que reviente el monstruo”. Eso te dijo,
mientras tus ojos derivaban hacia Ella y El
bajo la cascada, con la ropa a punto de caer,
ves cómo esa mano con uñas pintadas
acaricia el dedo sin uña.
Me hundo en los ojos de un bicho lejano.
(El humo del caño siempre sube
ala de langosta
en la hebra. Llora, niña mía
en este cine abandonado, estamos
en la Luna, en
ninguna parte, y voy a
decir algo, algo
como nada, parecido a nada.
Pero no sos la única
que mira bajo el agua: recostada
sobre un antiguo almanaque de piedra,
esa joven de pelo negro y corto
y escasa vestimenta.
O aquella parecida que arroja
a ninguna parte su melancolía.
Sus piernas recogidas en botas negras.
A ver si puedo enseñarte algo.
Quizá mire hacia esa versión tuya
recostada en las maderas
de un corral, falda mecida por el viento
regalando a los curiosos
un trayecto que culmina en
zapatos blancos.
Espíritu santo sin hijo ni padre
ni hermano, sólo negros madrigales y el fuego
cavernoso. Un viejo veneno
en su huella vacía.
Un secreto tan profundo
como las caricias que Ella 1 y Ella 2 se prodigan.
No es aquí, no es a
mí, no miran
a tus pasos, no miran otra cosa que no sea
la tela, esa gran simulación de un cuero,
otro cuero, todos cueros que nunca,
nunca, ni siquiera.
(Incluido en "Tolosa", publicado por Eloisa Cartonera en el 2010)



